Manifiesto antinatalista

Renunciar a la procreación para evitar sufrimiento y muertes


MANIFIESTO ANTINATALISTA

Nacemos expuestos al sufrimiento

El ser humano no nace libre; nace vulnerable y dependiente. El mal natural, experimentable y conocido, es el sufrimiento. Las cosas pueden ser malas solo porque inciden en nuestra capacidad de sentir. Constantemente relacionamos lo malo con el sufrimiento, a no ser que no nos parezca mal quemarnos, pasar frío, no poder respirar o dormir, recibir una agresión, quedar enterrados vivos bajo los escombros de un terremoto o un bombardeo, padecer insatisfacción de cualquier necesidad apremiante, vivir en estado de angustia. No queremos el dolor, el terror, las carencias, todas las múltiples formas de padecimiento físico o psíquico ni para nosotros ni para nuestros hijos. Esta noción se convierte en perspectiva ética cuando damos importancia al sufrimiento ajeno en general.

La sensibilidad hace necesaria la actitud ética, y la razón la hace posible. Somos agentes morales por ser personas racionales y pacientes (beneficiarios) morales por nuestra exposición al sufrimiento. No es el fin en sí el ser racional, como mantienen Kant y cierto raciocentrismo­ bastante común, sino el ser sensible.

La intensidad de los sentimientos negativos es, por supuesto, una de sus dimensiones a tener en cuenta. Otras dimensiones son su duración, su frecuencia y el número de individuos afectados. No se puede comparar la picadura de mosquito con el dolor y el pánico del torturado. Un dolor menos fuerte es preferible a un dolor más fuerte, un dolor más corto es preferible a un dolor más largo. Asimismo, un número menor de víctimas de problemas graves es mejor que uno mayor.

Es evidente que puede haber más víctimas o menos, y también que el número de afectados importa. Así, por ejemplo, tiene sentido combatir la delincuencia aun a sabiendas de que siempre habrá algunos crímenes, o detener una guerra para parar el aumento del número de víctimas. No tener en cuenta el número de afectados es desactivar toda perspectiva ética, ya que cualquier mal multiplicado sin límite podría quedar justificado a partir de cualquier precedente. Los números importan.

Las fórmulas para minimizar el sufrimiento grave y atribuirle sentido son muchas. Con frecuencia los retos y los desafíos más terribles son vistos como una ocasión para llegar, por medio del martirio asumido o el heroísmo superador, a la auténtica grandeza de la existen­cia humana. El sufrimiento nos hace madurar, se dice. El castigo es bueno cuando es “merecido”. Pero en último término el sentido del sufrimiento suele consistir en evitar otro sufrimiento. Tenemos que incluir, pues, el principio del mal menor en el principio más general de la evitación del sufrimiento. El principio del mal menor confirma la necesidad de evitar el sufrimiento, aunque a menudo se use como reivindicación del valor de determinados sufrimientos.

La perspectiva ética se basa en paliar y prevenir el mal que todos conocemos y cuya máxima expresión es el sufrimiento más atroz. Por eso cuidamos de nuestros hijos, tenemos preocupaciones humanitarias y, algunos, buscamos un mundo mejor en general. El egoísmo y el altruismo tienen la misma raíz: el impedimento, en lo posible, del sufrimiento. Que el egoísta anteponga intereses nimios a necesidades más apremiantes de otros, evidentemente, no es una contribución al mundo. ¿Es el deseo de tener hijos un interés relativamente nimio ante los riesgos que corre la descendencia?

El mal menor

Dado el carácter plural de los efectos de cualquier decisión, cobran importancia las ponderaciones y las prioridades, y el impedimento del sufrimiento se presenta de forma a menudo ambigua y como dilema. Con frecuencia tenemos que aceptar sacrificios y nos conviene asumir de buen grado contrariedades en la medida en que las podemos interpretar como un mal menor. Vivir es esencialmente un dilema que convierte en buenas las píldoras amargas, los esfuerzos, los sacrificios y hasta los castigos. Esta es la explicación de la inestabilidad de los valores y de las frecuentes discusiones en torno del juicio moral. El castigo justificado no es intrínsecamente bueno, pero una perspectiva poco meditada lo convierte en justificación del sufrimiento en general. Hasta la tortura eterna, en forma de infierno, es válida para mucha gente poco sensible ante el sufrimiento ajeno como algo compatible con un Dios todopoderoso y bueno; el pecador se lo “merece”, dicen.

Sin duda, la vida sensible también ofrece la posibilidad de gozar. Pero podemos constatar fácilmente, porque lo experimentamos cada día, que el sufrimiento nos obliga a reaccionar con un apremio que la mera ausencia de felicidad desconoce por completo. ¿Existe algo que pueda concebirse como exigencia de una sensación ausente? ¿Lamentamos la falta de felicidad de una piedra?

Entre lo que el antinatalista considera un mal menor se encuentra la renuncia al hijo. La ausencia de la felicidad potencial del hijo que no tenemos no es un problema (los que, por ejemplo, tienen tres hijos, impiden la felicidad del cuarto y todos los que no tienen, y no se ve problema en ello). Sí lo son las preocupaciones y agresiones a su bienestar que tendrá que soportar en su vida, la habitualmente traumática muerte incluida. La posibilidad de ser feliz nunca puede justificar el riesgo de sufrir atrozmente. No deberíamos jugar con los riesgos de terceros, forzando su existencia.

El mal extremo

La tortura y los actos sádicos son probablemente el contexto en el que el sufrimiento individual alcanza las cotas más altas de intensidad. Si hacemos el desagradable esfuerzo de pensar en un tormento intenso y prolongado, se vuelve absolutamente transparente el origen de toda noción intuitiva del mal. Cuando hablamos de algo malo, hablamos de algo que es necesario evitar. ¿Dónde encontramos el grado más imperioso de esta necesidad? Pongámonos en la hipotética situación de sufrir dolor, ahogo, pánico extremo y sin fin, entonces tendremos la respuesta. Ya sucesos mucho menos graves que la tortura persistente nos pueden parecer del todo inaceptables: un accidente que nos deje mutilado, una enfermedad dolorosa, vivir bajo amenazas, pasar días sin comer, la muerte de un hijo o de otra persona amada, morir quemado vivo o bajo los escombros de un terremoto o un bombardeo, entre muchos otros ejemplos.

Si pensamos en términos colectivos e históricos, observamos la calamidad extremadamente violenta que es la historia de los choques de intereses o necesidades colectivas, es decir, la Historia como tal, propia de la humanidad. Previsiblemente, en poco tiempo habremos duplicado los sacrificios humanos de toda la existencia de la especia humana hasta ahora. Repetiremos toda la cruel Historia de miles de años en unas pocas décadas. Y unas décadas más tarde volveremos a tener la duplicación de los sacrificios en masa. Solo el antinatalismo podrá poner freno a esta dinámica, por mucho que nos esforcemos por mejorar las cosas en el mundo.

Podemos luchar por un mundo de relaciones interhumanas más solidarias, más ajustadas a las necesidades en general. Eso parece de sentido común y se puede considerar necesario aunque nunca se alcancen los objetivos más que en parte. El antinatalismo no entra en contradicción con otras propuestas. Sólo ayuda a reducir el coste que significa estar a la espera de las soluciones imaginadas.

La muerte

El sufrimiento como criterio ético (reducir la presencia del sufrimiento en el mundo es bueno) parece tener un poderoso rival, el respeto a la vida, pase lo que pase. ¿Hasta qué punto puede haber un conflicto entre el respeto a la vida y la lucha contra los males de la vida, y en qué sentido habría que resolverlo si se puede? Conviene señalar primero la ambigüedad que, habitualmente, configura nuestra actitud ante la muerte. A todos se nos presenta como válida en ciertos contextos. El asesinato se juzga como un crimen execrable, pero la muerte como destino inevitable de los vivos es aceptada generalmente y no se considera un mal excesivo, no tan importante, en todo caso, como para renunciar a la creación de nuevos humanos mortales. Al enemigo también se le puede matar, algunos defienden la pena de muerte.

El hecho de la mortalidad, entendida como el fin de la capacidad de sentir, es un hecho muy tranquiliza­dor. ¿Qué importancia puede tener el deseo de vivir eternamente al lado de la necesidad de no sufrir tormento permanente? En general, podemos aceptar sensatamente que, gracias a la muerte, no estamos en el peor de los mundos posibles. La frialdad con que alguna autoridad religiosa promete el infierno eterno, nos habla de su propia estatura moral y no de un mundo bueno avalado por un Dios excelente.

La mortalidad puede ser un mal menor. Pero la muerte tampoco deja de ser problemática. La perspectiva de la muerte nos produce terror, y el fallecimiento de un ser querido nos hunde en el desconsuelo. La negatividad de la muerte está en sus aspectos vividos, es decir, pertenece a la vida. Terror, desolación y dolor la acompañan con frecuencia. Todas nuestras necesidades biológicas se conjugan para empujarnos con fuerza hacia el mantenimiento de la vida: respirar, dormir, comer, abrigarnos, rehuir el fuego, el miedo al peligro… Contravenir las necesidades es exponerse a un castigo natural, por lo que el acercamiento a la muerte casi siempre es traumático. El dolor es el cercado eléctrico de la vida. Queramos o no, nuestra naturaleza nos obliga a vivir y aguantar a través de la presión del sufrimiento.

En los casos más dramáticos nos suicidamos. Aceptable o no, dejar la vida no es en absoluto lo mismo que no verse arrojada a ella. El antinatalismo, en todo caso, no es supresión de vidas sino supresión de la supresión de vidas. Nuestra pregunta al partidario de la procreación es: ¿Qué importancia das a la muerte, que estará en la mochila de tus futuros hijos? Eres tú el que contribuye a la extinción de vidas.

La muerte se puede prevenir. Desde una perspectiva demográfica cabe observar que un proceso paulatino de reducción de la población a través del control de natalidad equivale a un proceso de reducción cuantitativa de muertes. Son los padres voluntarios los que tienen que justificar la muerte, no los antinatalistas. El antinatalista solo tiene que justificar las molestias que causan sus argumentos a quienes desean tener hijos, de las que no es inconsciente pero que solo puede lamentar como incomodidad necesaria. Un cálculo sencillo nos mostrará que la muerte se tragará más de ocho mil millones de personas en los próximos cien años. Compárese la atención que merece este dato, con el impacto ocasional en la opinión pública de un accidente áereo con un reducido número de víctimas.

La vida es una imposición

La vida es una imposición. Es cierto que no hay inicialmente nadie que pueda quejarse. Pero el recién engendrado ser humano enseguida se ve obligado, desde el primer segundo y sin otra opción alguna, a persistir en la vida y exponerse a todas las agresiones a su bienestar hasta, como mínimo, la edad en que esté en condiciones de decidir su suicidio, medida que también tiene su coste. Solo la gente carente de toda capacidad empática puede decir: “¡Que nadie se queje! Ahí tiene la puerta de salida”. El suicidio es difícil y cuenta con múltiples barreras. En los centros de tortura, donde más necesario sería, no se permite. Las religiones lo suelen prohibir.

La muerte involuntaria, más habitual, es otra imposición, ya que de lo contrario sería voluntaria. Traer un bebé al mundo es, por tanto, una imposición elemental y peligrosa. Es la obligación de vivir expuesto al sufrimiento y la obligación de morir.

La felicidad

La vida también puede ofrecer alegría y felicidad. Sin duda. Pero no es coherente reivindicar la vida feliz (hasta el punto de generar una vida) si no se garantiza la ausencia de la infelicidad, de sufrimientos graves. Por lógica tampoco puede haber ninguna exigencia de la felicidad en la no vida, en el hijo que no tenemos.

La felicidad es innecesaria, tiene por condición la ausencia de la infelicidad y es relativamente escasa en la vida.

La necesidad de la felicidad no es una característica de la vida, ya que pocos y puntuales son los momentos de importante alegría, placer o cualquier otro sentimiento agradable. Ya es necesario algo de suerte –y acaso también cierta indolencia y despreocupación ante el sufrimiento ajeno– para poder pasar la vida sin grandes preocupaciones.

Dejando de lado los intereses de los padres (que difícilmente reconocerán una mera instrumentalización egoísta de los hijos) la opción del procreador se mueve así entre lo innecesario, una posible felicidad, y la facilitación de lo que es necesario evitar: el sufrimiento intenso. Desde la perspectiva poblacional, hay que resaltar que la maximización demográfica de las posibilidades de felicidad no supone en absoluto la minimización del sufrimiento, del mismo modo que más manzanas no implican menos gusanos. Grandes confusiones lógicas salpican la mayoría de las teorías éticas en este punto. A cambio resultan atractivas al pasear la felicidad por sus laberintos conceptuales y callar los potenciales horrores de la vida.

Deseos paternales y moral

El deseo de ser madre o padre es natural y comprensible, lo cual no impide que sea éticamente cuestionable. Los procreadores voluntarios piensan que, una vez retado el destino en forma de un nuevo ser humano vulnerable y mortal, tendrán ocasión de revelarse como excelentes padres, al menos mientras el niño sea lo suficientemente pequeño para que la relación paternal funcione. Pero no hay excelencia moral en la generación de necesidades que nos exigen responsabilidad y un cuidado cuya efectividad siempre será incierta, por más que deseemos lo mejor para nuestros hijos. La filosofía de quienes tienen un hijo para regalarle su amor es la del bombero pirómano.

Nadie engendra hijos por motivos éticos. Nadie considera la procreación en sí misma como necesaria. Es cierto que en el mundo mas o menos rico se utiliza a menudo el argumento del envejecimiento social y el coste de las pensiones para fomentar políticas de natalidad (a veces incluso cuando el desempleo lo convierte en absurdo). Así, la generación de nuevas vidas constituiría un medio para, se supone, arreglar problemas económicos y “rejuvenecer” la sociedad. No se percibe siquiera algo tan obvio como que la natalidad produce más mayores: aumentan los nacimientos, aumenta el número de mayores. ¿Sabemos cómo será la atención y sus pensiones en el futuro? ¿Sabemos si nuestros hijos, a los que hemos usado como medio, o nuestros nietos, se salvarán de una cruel guerra?

Hablamos de un problema ético básico. ¿Basta, al decidir sobre la vida y la muerte de un nuevo ser humano, con limitarnos a nuestro deseo de disfrutar de él? ¿No tiene la llegada al mundo importancia propia? Nuestra capacidad de decidir genera una responsabilidad que ya es hora de abordar, en lugar de alimentar ciegamente al verdugo. La creación de seres humanos es lo que más nos asemeja a un dios, pero el sentido de nuestra responsabilidad no parece moverse a alturas divinas.

El riesgo y la dimensión demográfica del sufrimiento

Todo el mundo sabe que procrear implica exponer nuevos seres humanos a una serie de riesgos. Pueden nacer gravemente enfermos o malformados, pueden morirse en cualquier momento tras dura agonía, sufrir violencia, hambre, carencias… Cuando hablamos de riesgos, hablamos al mismo tiempo, de previsiones estadísticas basadas en la experiencia. Si el riesgo de morir en accidente de tráfico es uno determinado, es porque en el tráfico se da un porcentaje determinado de muertes efectivas.

El riesgo, por tanto, es la expresión de una realidad observable, no meramente hipotética, y no de algo que de forma sistemática “podría no pasar” y que podemos dejar de lado sin que pase nada, para después –numerosas veces– lamentar la mala suerte o indignarnos por culpas ajenas. Un riesgo de cierto porcentaje de víctimas varía en números absolutos según el tamaño de la población. A un colectivo más pequeño corresponde un número de afectados más reducido en condiciones de riesgo comparables.

Destacamos la confluencia de la perspectiva individual y la perspectiva demográfica. La individual nos dice: no puedo garantizar el bienestar de mi hijo. La perspectiva general señala la dimensión demográfica del sufrimiento, el número de víctimas de toda clase de problemas.

De la eclosión de las masas a la indiferencia masiva

¿Qué pasaría si todos dejaran de tener hijos tal como proponemos? La respuesta es evidente: la especie humana se extinguiría en un plazo de poco más de cien años. Y aunque sea a través de una paulatina reducción de muertes, la idea resulta chocante. Difícilmente puede ocurrir por iniciativa humana, aunque sí por acontecimientos naturales en un futuro que se prevé muy lejano. También podemos constatar el amplísimo margen con que contamos para la prevención del sufrimiento sin que la idea de la extinción humana tenga implicación práctica alguna. El margen para la propuesta antinatalista, antes de llegar a una situación crítica para la especie, es inmenso. Hace tan solo cinco décadas, cuando ya se había percibido con alarma la llamada explosión demográfica, éramos cuatro mil millones de personas menos en el mundo. Si se mantiene la actual tendencia, en mucho menos tiempo seremos aún cuatro mil millones más de los que hay actualmente (2020), casi ocho mil millones de mortales. ¿Qué tamaño queremos para el hormiguero humano? ¿Cuántos millones de vidas nos parece normal sacrificar en una guerra? Pues, en la actualidad ¿qué significa para el mundo poderoso y rico un millón de desgraciados muertos en una guerra periférica?

Conclusiones

Toda noción del mal se deriva directa o indirectamente del reconocimiento de la naturaleza coactiva, impositiva, imperativa del sufrimiento. Sin sufrimiento no existiría ni siquiera la concepción del mal. La idea del mal es el puente semántico entre el sufrimiento y el deber ético. Podemos interrogar el espacio mismo en el cual las respuestas éticas constituyen una necesidad, es decir, la vida sensible como escenario del mal. La procreación genera espacios de sufrimiento y así entra en contradicción con la mejora del mundo.

El progreso científico, a través de la explosión demográfica, ha conseguido que la situación en la Tierra sea hoy peor que nunca. Han aumentado los devastadores efectos de las catástrofes naturales, las epidemias, las calamidades bélicas, la explotación del hombre y de los animales, los crímenes, los accidentes, los suicidios. El siglo pasado fue el siglo de los mayores genocidios de todos los tiempos. Solo este siglo podrá ser peor, y otros futuros.

Una visión positiva y optimista de la vida puede ser muy conveniente para encarar nuestros problemas, pero, como estímulo para la reproducción, se vuelve inoportuna, ya que potencia el número de víctimas de los problemas existentes. Así que, para aproximarnos a la procreación con preocupación ética, hay que cambiar de perspectiva y reajustar nuestros esquemas morales para tener en cuenta, entre otras, que la ausencia de voz y de derechos del ser todavía no concebido no exime al potencial procreador de la responsabilidad ética.

No podemos hacer pagar a nuestros hijos por nuestras ilusiones y sabemos que, al faltar toda garantía, aceptamos la posibilidad de un precio muy elevado, un precio que se vuelve realidad en las estadísticas de las desgracias. La dimensión demográfica afecta a todos los problemas en cualquier lugar, no sólo al hambre o los específicamente relacionados con el aumento de la población expresables en términos ecológicos. Todas las posibilidades de sufrir se potencian demográficamente y dejan su huella en proporción aproximada al tamaño de la población.

Nuestra mirada se centra en las víctimas o potenciales víctimas de la condición humana y de las adversidades. Exponemos razones, no ataques moralizadores a un comportamiento natural, como es el comportamiento reproductivo, heredado del mundo animal. No queremos cuestionar la moralidad de los padres, queremos evitar el mayor número posible de víctimas de los grandes problemas y prevenir hechos terribles que los padres tampoco desean para sus hijos. Los padres de hecho también pueden ser antinatalistas, renunciando a aumentar su descendencia y sumándose a nuestras propuestas. El objetivo es que se vaya reduciendo el número de víctimas de los grandes problemas, que se vayan despoblando los centros de detención, los campos de refugiados, los hospitales, los escenarios de catástrofes y de guerra, etcétera. Nuestro medio será totalmente pacífico: la prevención anticonceptiva.

En resumen, consideramos que la procreación voluntaria es un error basado en la falta de reflexión ética, ya que obstaculiza el esfuerzo por reducir el sufrimiento en el mundo.

Llamamiento

  • Nos dirigimos a los individuos en edad de reproducción para que tengan en cuenta las amenazas al bienestar de sus posibles hijos y renuncien a traerlos a este mundo, evitando así la materialización de graves riesgos en sus propios hijos. Si ya son padres, renunciarán a tener más hijos.
  • Proponemos a las organizaciones de solidaridad internacional que incluyan en sus proyectos la planificación familiar y el control de natalidad, para que las ayudas actuales no generen más necesidades de ayuda en el futuro y el pan para hoy no sea hambre para mañana.
  • Apelamos a las personas de proyección social y cultural a que conviertan en un tema de discusión pública e ingrediente del desarrollo cultural y moral las implicaciones éticas de la creación de nuevos individuos. El antinatalismo no tiene apenas tradición ni presencia cultural y no se conocen sus argumentos.
  • Solicitamos a los gobiernos que conviertan el control de natalidad en cometido de educación pública y faciliten su efectividad, garantizando el acceso universal a los medios anticonceptivos.

Mayo, 2020

Firmas

  • José María Aires Moya
  • Juan Pablo Agredo Barbosa
  • María del Carmen Ardanuy Ramos
  • Boris Briones Soto
  • Luis Cirocco
  • Audrey García
  • Sonia Adriana Grosso González
  • Claudia Ladrón de Guevara
  • María Clara Nazar
  • Josep Sampere Martí
  • Ricardo Eduardo Sánchez Lepe
  • Alicia Sangineti
  • Miguel Schafschetzy Steiner
  • Juan Pablo Varbosa

Los interesados en firmar pueden dirigirse a mi mail:  m.stein.015@gmail.com o contactar: